Perteneciente a la segunda generación modernista, el pintor Joaquim Mir fue capaz de sintetizar el pensamiento artístico más moderno de su tiempo y crear un paisaje con un lenguaje innovador que lo situó en la modernidad europea. Su esforzada búsqueda comenzó deformando la realidad mediante la luz y culminó en sus composiciones mallorquinas disolviendo las formas en el color. La tensión creativa que vivió en este periodo motivó su ingreso en una institución psiquiátrica y su posterior recuperación en la localidad cercana de L’Aleixar. Allí continuó la investigación iniciada en Mallorca y pintó sus mejores paisajes. Entre las pocas obras figurativas que pintó en este periodo se cuenta El xerroteig, de la que Alexandre de Riquer dijo:
Según Francesc Miralles, El xerroteig, junto con Les velles, Els cantaires y El Vell petaca, «conforman un retablo de figuras impresionante, sin los arrebatos de la «España negra» pero tanto o más representativa que aquella. En estas obras solo el estallido de color —que refleja el exultante estado de ánimo del artista— atenúa la fuerza de unos personajes que deberían incluirse en una antología del mejor expresionismo».
Francesc Miralles, Joaquim Mir, 1873-1940, Mapfre, Madrid, 2004, p. 108.
«El xerroteig es una de estas telas como solamente Mir puede presentarlas. Es de lo más genuinamente personal, es todo el arte de Mir con sus múltiples cualidades. El fondo del monte con sus tonos amoratados, violáceos, la profusa variación de verdes, la rutilante vibración de nuestro sol de oro. El primer término con sus figuras reflejadas bañándose en la media luz de la atmósfera luminosa que las envuelve, las viejas, los perros, los niños, el pastor, todo ello está lleno de la intensa vida que les ha comunicado el artista fogoso, al que se moteja de desequilibrado…»
Alexandre de Riquer, «Joaquín Mir», Mediterrània, núm.6, Barcelona, 4 de abril de 1915
