A mediados de los años cincuenta, el pintor Manolo Millares empezó a experimentar con la arpillera, el material que constituiría el elemento fundamental de su obra. Con ella conectaba con sus raíces canarias, ya que las momias guanches se envolvían en tela de saco para el enterramiento, pero la arpillera también lo relacionaba con los artistas que utilizaban materiales tradicionalmente no artísticos; una actitud artística que se conocería con el nombre de Informalismo.
La arpillera también significó para Manolo Millares la toma de contacto con la tradición «negra» española de la generación del 98. Las telas rotas, recosidas o pegadas revelan cómo el pintor se enfrenta al proceso creativo con una voluntad de destrucción y de negación del espacio y de la materia.
